Todos los años que trabajé como Medico de la Familia los disfruté mucho, tanto en el campo, como en la capital Cubana.

En realidad se adaptaba a mi forma de ser y me gustaba visitar a las familias y compartir con todos.

En el interior como las distancias eran largas mis horas de terreno las hacia en bicicleta que me permitía moverme por lugares de muy difícil acceso, siempre con mi maletín donde cargaba lo esencial para poder atender a cualquier persona, como esfigmomanómetro, recetas y algunas otras utilidades. Nunca lo vi como un trabajo pues era una forma de hacer ejercicios y de conversar con mis pacientes que en estos casos eran muy hospitalarios. De ahí adquirí mi vicio por el café porque el cubano es muy servicial y atento; y donde quiera que uno llega enseguida te empiezan a colar café y no queda mas remedio que tomarlo.

Tenía al igual que la canción un millón de amigos y todos me respetaban y me querían. A veces tenía que cortar, porque no me alcanzaba el tiempo y no me gustaba llegar de noche a la casa porque podía ser peligroso por las carreteras.

En la Habana fue lo mismo, me todo una zona residencial del vedado cerca de la Avenida presidencial y de igual manera me identifiqué con mi población haciendo muy buenas amistades que aún conservo.

En éstos casos hasta teníamos que hacer de psicólogos o psiquiatras por las diferentes situaciones que pasaban, como a un señor al que su hija de 18 años se le desplomó un pedazo de balcón por una lluvias intensas y le produjo un hundimiento de la pared frontal del cerebro y ligero daño del nervio óptico lo cual lo tuvo por meses con mucha angustia, pero siempre le dimos animo y le ayudamos a ver las cosas con mente positiva y la muchacha se recuperó y hoy día vive sin problemas en los Estados Unidos.

Este tipo de trabajo también nos permitía ver las condiciones socioeconómica y dinámica familiar, identificando a los hipocondriacos que ya lo tratábamos sin estrés pues conocíamos su sintomatología.

En verdad que si no fuera por la precaria situación económica en Cuba existiría una de  las mejores formas de atención de el Mundo, pues los recursos son a veces importantes.

Yo todavía utilizo el estetoscopio de Pinard para auscultar los latidos cardiacos  fetales y recuerdo que aquí en Panamá no logré encontrarlo en ningún laboratorio ya que ahora son digitales por lo que en uno de mis primeros viajes a Cuba le di 20 dólares a un medico para podérmelo traer y todavía lo conservo y a viajado por todo el país y sigue teniendo vigencia.

Ser Médico de la familia y hacerme Especialista en Medicina General Integral fue algo bueno en mi vida y de cierta manera lo practico en mi clínica, dándole la atención y el tiempo que se merecen mis pacientes.


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